jueves, 15 de noviembre de 2018

Los transportados

Otras nucas pesadas de magos distintos.
Cuellos columpiándose en el peso de la tarde

Otra vez la luz azul de los transportados
Manos que se aferran al fiel manubrio
El que no se va. El que no cambia

Otra vez al barco a remar
hacia adelante y hacia atrás

Nada es seguro menos el viaje
Y solo el viaje nos debe salvar


jueves, 27 de septiembre de 2018

El camino a Chirimena

Una palmera que se bate
Una brisa que gotea
Una franela que se estira
Un trago, un chiste, una marea

Unos párpados que atardecen
Pero nunca que se acuestan
El rastro de una barba
Un meñique, una corchea

Una sombra acalorada
la ropa mojada en la batea
Las pestañas todas juntas
Y las mejillas que queman

Una canción que me canto
Cuando ya nadie pasea
por esa casa amiguera
Y un silencio que patea

Un aborto de poema
Una fiesta siempre en mayo
El camino a Chirimena
Y cuando quiero callar, no callo
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domingo, 29 de octubre de 2017

Sal.


Apareció una llaga la comisura de mi boca. Dicen que aparece cuando hablas demasiado o cuando no dices nada. Todo estaba bien y en cuestión de horas empezó a molestar, sin aviso, sin precedentes.

Pasaron los días y crecía. Llegó el agua, el sueño, el alimento y la llaga inmóvil, mudada.

Me sorprendí a mi misma mordiéndola de noche, poniéndole sal, chupándola y haciéndola sangrar. Y ella no me lo impidió. Esa llaga era el testigo absoluto de mi estupidez.

“¿Me vas a provocar? Bueno, ahí voy entonces.”

Y ardía. Y me dolía.

Me retorcí por noches. En el día la mantenía a raya pero de tanto en tanto la vigilaba. Nuestro duelo empezaba en la noche, cuando nadie me veía.  Ahí le di rienda suelta a las ganas de arder. Hice todo lo que pude para que se hiciera más grande y más roja y más dolorosa, se convirtió en un ejercicio de poder.

De repente pasaron los días y empecé a comer como antes. Me dio risa un chiste, tuve que ir al banco y a la oficina, tomé varios autobuses, hice mercado.

Me asusté cuando empezó a formarse una capa más dura en la superficie. Empecé a temer que se curara.


Y la arranqué de nuevo. Seguro se ríe de mi.



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A veces no estamos listos para sanar, pero sanamos.
El secreto siempre está en no hurgarse.
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miércoles, 16 de agosto de 2017

El Pavo Real

Casi puedo ver mi expresión arrugada desde sus ojos. Enmarcada en esta ventana tengo esa mirada de desaprobación que suelen tener las viejas mayores cuando ven a una jovencita en una mini falda demasiado corta o con muchos tatuajes. El ceño se me frunce de manera inconsciente, se arruga sin mi autorización y así, sin quererlo, soy la señora escandalizada que juzga a la muchachita joven desde la ventanilla a medio abrir de este autobús.

Tendrá unos 17,18 años, contextura a punto de rebosar, en ese límite corpóreo justo antes de que el metabolismo haga lo suyo y ella se desparrame con los años. El mismo tipo de límite que me separa a mi misma de convertirme en la vieja juzgona que ahora me posee. Estamos las dos muy cerca de nuestra peor versión.

Con mucha lycra y franela, se bambolea de un lado a otro acompañada de los conductores, mucho mayores que ella, que esperan que el autobús se llene para partir. No es su primera vez aquí, de hecho viene todas las tardes. Y se pasea feliz y coqueta entre los choferes riendo de todos sus chistes y apretando antebrazos como quien busca conexión física casual. Hoy la tertulia la adereza la presencia de un oficial de la policía de Baruta que viene de tanto en tanto, dándole un carácter casi institucional al pavoneo.

Sus carcajadas llenan el ambiente en la parada así como unas violentas batidas de pelo. La verdad es que se trata de un despliegue de coquetería maravilloso, con todos los accesorios y artilugios; una clase, pues. Finalmente y como todas las tardes, el bus se llena, sube el conductor, el colector y ella se sienta en un asiento a su lado que estuvo reservando con un bolso enorme.

“Esta sí es arrecha...” pienso yo, con mi boca bien apretada y mi amargue de 6:30 de la tarde.
El camino no es menos coqueto para nuestra Lolita, los chistes del chofer deben ser muy buenos porque ella se asegura que todos seamos testigos de su rochela. Los comentarios oscilan entre chismecitos, dimes y diretes sobre cambios de ruta y pasajeros extraños que no pagan completo.
“Yo ya le dije a Miguel que si él no sabe contar, que yo le enseño.” dice en voz alta completamente resuelta. No entiendo porqué tiene que hablar tan alto. Al llegar a su parada, una mujer mayor con el desparrame y el ceño fruncido, la espera. Es como la mezcla perfecta entre la Lolita y yo: desparramada y amargada.

“¿Se puede saber dónde estabas tú, Andreína? ¿Estás viendo la hora que es?”
Andreína, a punto de bajarse, murmura un “Ay, chamo!” cómplice con el chofer y se muere de la risa mientras se despide con un beso.

De repente, me percato de una tensión en mi cuello y me doy cuenta de que no sólo estoy con la boca apretada y el ceño fruncido. sino que desapruebo con mi cabeza de un lado al otro. La metamorfosis es total. Soy la peor versión de mi misma.

Hay una progresión, un arco narrativo en las apariciones de Andreína. Una vez se trajo a una amiga a la parada, una flacucha tímida que seguro se llena de valentía con las ocurrencias de su compañera y con ella hace cosas que jamás haría, como pintar sus labios rojísimos o encariñarse con los conductores de la línea de Colinas de Bello Monte a las 7 de la noche. Ese día fui partícipe de lo que estoy segura fue uno de los golpes de adrenalina más importantes en la vida de esa flacucha, y todo gracias a su Quijote: Andreína.

Otra vez llegó a la parada con una bolsa de plástico llena de maquillaje. En el camino a casa, en medio de las curvas, Andreína logró maquillarse con toda la disposición de mostrarse ante su
nuevo novio que manejaba con demasiada rapidez por las callejuelas de Bello Monte. El rimmel temblaba con la vibración del autobús irresponsablemente cerca de sus pestañas, era inquietante y nunca pude entender cómo logró hacerlo sin meterse medio pincel en el ojo.


Hace un par de semanas entabló una relación estable con uno de los conductores. Desde ese día lo abraza desde la espalda con cariño, le aprieta la barriga y lo mira con admiración. Y por mucho que mi instinto morboso me haga imaginar que Andreína está siendo víctima de un gang-bang en la caseta de la policía o que es una traficante de dólares o que la raptan de tanto en tanto para que sea la protagonista de un ritual santero, el cuadro que se revela ante mis ojos es mucho más dulce. Él se deja, se entrega a su pavo real con tranquilidad y sin perversiones y enlaza sus manos con las de ella.


Desde hace unas semanas a Andreína la han estado entrenando para cobrar el pasaje. Ahora tiene responsabilidades y su desenfado está supeditado a sus labores en el autobús. Hace dos días me sorprendió cobrándome el pasaje a mi.

“Pasaje...” me dice sin levantar la mirada de un fajo de billetes que lleva en la mano. Me congelé. Andreína había salido de su escenario regular para hablarme y la tengo peligrosamente cerca. Resulta que es de verdad.

Me invadieron unas ansias enormes de preguntarle:
¿Qué edad tienes tú? ¿Te gusta mucho ser colectora? ¿Estás enamorada? ¿Ya se besaron? ¿Por qué tu mamá está tan triste? ¿No te da miedo? ¿No te da frío?


Estoy agitada, nerviosa. Siento que algo se expande en mi pecho, puedo percibir cómo cada poro de mi piel se abre y cierra como flores que reciben el sol. Me aferro al asiento sin quitarle la mirada de encima.

Todo pasa muy rápido hasta que me doy cuenta que mi silencio es de los incómodos. Busco en mi monedero dos billetes y se los entrego. Los agarra autómata y me da el vuelto sin mirarme para seguir su camino.

Me quedé inerte en mi asiento, como barrida por un huracán, pero mi ceño nunca estuvo tan relajado. 








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lunes, 10 de agosto de 2015

5 lecciones re-aprendidas con Hotel



Escuche mientras lea:

Últimamente he tenido la suerte de tener unos increíbles momentos de lucidez. Esto no me pasaba antes. Desde hace un par de años pareciera que el cielo se abriese y puedo ver las cosas con una claridad que encandila. Encandila tanto que abruma, abruma tanto que paraliza, paraliza tanto que cuesta registrarla, no se registra y no se comunica, y así… Es la tragedia de ese tipo de lucidez, que baja como un hilo fino, que si no lo sujetas, se bate con el viento y sale volando. Y puede que vuelva pero puede que no.

Mis días en este lugar los vivo saltando de revelación en revelación, cayendo de tanto en tanto en clásicas ansiedades. Y aunque no es constante la llegada de esas revelaciones, son tan perfectas que hacen llevadera la realidad. Es lo que da sentido a las caricias y a las patadas de lo cotidiano. Soy afortunada y doy las gracias siempre que veo las cosas con esa claridad.

Hace poco vi las cosas así otra vez. Volví a entender todo. De hecho, entendí tanto que pensé que estaba perdiendo la cabeza. Las ideas y las certezas que tuve con la llegada de esa lucidez me removieron como una marea.

La marea está un poco más asentada, ya no estoy tan revuelta de palabras y sensaciones. Creo que ya puedo expresar lo que hace dos días era imposible.

Este hilo bajó el sábado en forma de las canciones de Diego García. Hotel se llama su proyecto. Y estas son mis proyecciones…   
                   
Las letras de Hotel me reiteraron la importancia de observar lo que nos rodea con curiosidad pero también con gratitud; en medio de este huracán de país, vi a un individuo exprimir el mejor jugo de un limón aparentemente seco.

Entendí que la realidad está servida para interpretarla de la manera en que prefiramos, lo que no implica jamás negarla, sino todo lo contrario: otorgarle sentido. No niego el humo, no niego el caos, no niego mi rabia, no niego mi miedo, no niego las eventuales ganas de huir, ni las ganas de quedarme. La maravilla de Hotel es que me recuerda la posibilidad de habitar de significado cada paso que nos toque caminar.

Vi a alguien conmovedoramente sincero. Expuesto a referencias, modas y vaivenes, pero firme como un roble en toditico él.

Vi a un individuo que no pareciera ser víctima de nada ni de nadie. Me recordó que no quiero vivir en lamentaciones ni indignaciones estériles, no quiero rezongar en: “¿por qué este chaparrón me cae encima?”. Entendí una vez más la importancia de vivir con propósito pero sin pretensión, de usar la realidad y de que ella no nos use a nosotros. Sus letras me ayudan a seguirme levantando, porque me recuerdan que siempre podré.

Diego sabe relatarse con humildad, con un pie en la tierra y con una mano firme sujetando ese fino hilo de lucidez, con la sencillez del que camina descalzo por el lago pero con la profundidad de quien esconde diamantes en las olas.


Estaré eternamente agradecida a Hotel por recordarme que mientras me poble de sentido, nunca estaré sola.




martes, 7 de julio de 2015

trampolín 1.

Me hice grande cuando perdí las ganas de ficcionarme y el miedo a no tener historias que contar.

Me agotaba la necesidad de presentarme como alguien más interesante, más cómica, más elocuente. Con más experiencias y más frases.

Fui buena elaborándome. Funcionó; tanto, que ser quien pensé que era se convirtió en una responsabilidad, en un deber, no serlo implicaba demoler una estatua, una que yo misma construí a punta de "suspicacias".

No podía derribarme a "mi misma", ¿cómo se supone que lo haría? Más fácil era desparecer.

Ansié muchas veces que alguien me dijera que no hacía falta tanto trabajo.

Hasta que un día, no me tomó tanto tiempo elegir qué ponerme, ni qué tweet enviar. Un día no conté historias, no saqué fotos. Empecé a viajar sin relatarlo, a conocer gente diferente sin publicitarme como tolerante.Y así fue.

Me hice grande cuando dejé de buscar el escándalo donde no se me perdía. Dejé de emborracharme sin ganas, dejé de ceder ante la versión de mi misma que me señalaba. Dejé de salir cada viernes en búsqueda de nada. Dejé de obligarme a las seducciones. Dejé de intentar hacer memorable todo, cada fiesta, cada chico, cada encuentro. Dejé de alardear sobre esos encuentros, dejé de añadir números a la lista, dejé de pensarme menos audaz por mi cantidad.


Esta persona sin respuesta constante, sin el punch-line ni la referencia, esta persona así, sin astutas defensas, sin lecciones que enseñar, soy yo.


martes, 24 de febrero de 2015

juntos en esto de ser problema.


La noticia aparecía en un recuadro en mi feed de Facebook, seguida de una lista de fotos de celebridades bañadas con luz azul, diez momentos "WTF" de los Oscar, alguien poniéndose nostálgico con un video de los 90 y los mejores vestidos de la Semana de la Moda en NY.

Un niño de 14 años había sido asesinado por un oficial de la PNB en una manifestación en el Táchira. Catorce años. Yo a los catorce años estaba con mi novio del colegio, con mi injustificada pero divertida rebeldía punketa, con mis ruedos largos. Fue lo primero que pensé.

He criticado siempre esta frase tan de moda en la coyuntura: "Nos estamos acostumbrando". Me parece que no asume responsabilidad personal, que mete a media población en un saco con una suerte de superioridad ecuménica. No me parece útil ni sincera. Nunca parte de un reconocimiento propio del que vive este país, pareciera que al decirlo, la persona se suspendiera por los aires, hace tres juicios pendejos y baja de nuevo.

La desconfianza en los medios tradicionales por el sesgo y la misma desconfianza por la información difusa de las redes, hizo callo en la mente de muchas personas que deben transitar las calles de este país todos los días. Y ahora formamos parte de una realidad virtual rara, de una masa amorfa de datos, que pocas veces comprobamos. Y cuando sí los logramos comprobar, los metemos en la mochila y seguimos pateando calle, porque hay que seguirla pateando para cambiarla. 

Me enteré sobre Kliver Roa por suerte. Y de los cinco estudiantes, me enteré por un comentario de un amigo en Twitter. Me enteré por ser parte de una generación con nuevos medios, por tener la habilidad para manejarme en ellos.  Mi mamá, por ejemplo, quien no maneja Facebook, no sabía nada. Me vi a mí misma en veinte minutos hablando de otra cosa. Abriendo otros links, teniendo una ligera amnesia que no pedí, que a veces funcionaba para hacer llevadero el día a día. Me vi a mi misma olvidando todo en horas.

De repente fui consciente de que era sin quererlo, parte del problema. Y que como problema, tenía que seguir tratando de resolverme.