no me gustó.
domingo, 27 de septiembre de 2009
viernes, 4 de septiembre de 2009
Y es que no entiendo tanto a mi Caracas...
Todos lo sabemos.
Estar en un país que no es el propio y regresar tiene un efecto introspectivo bien bien loco, pero bien útil.
Salir del remolino del que nos quejamos absolutamente TODOS los días, de esa masa viscosa en la que creemos estar metidos que no tiene solución o sentido, pero que vemos como una especie de tío ladilla, que es nuestro tío al fin, y que lo queremos un pelín porque suele echarnos buenos cuentos, pero cuando se emborracha es insoportable... en fin, salir de ese remolino a otro suelo que ya no "nos pertenece", es (en lo personal) como subir a una montaña muy alta y desde arriba, observar. Observar como quién ve un hormiguero. Todas las hormigas pequeñitas cargan su comida, otras hacen caminitos, otras mentan madre en la cola, otras aparecen en la tele diciendo estupideces, etcétera, etcétera.
Y nosotros estamos arriba, con una brisa tranquila que nos despeja la mente, sin ninguna bandera, sin ningún juicio, tratando de comprender porqué "aquí sí y allá no" pero con perspectiva y sin pasiones locas y comunes. Con templanza, pues, a lo aristotélico.
En esa montaña me pregunté yo, qué es lo que valoro en una ciudad. Entre muchas cosas, una es la capacidad de algunas ciudades de auto-preservación. No tiene nada que ver con que sea Europa o un país desarrollado. Se trata de un reconocimiento por algo del pasado, no solo porque es del pasado, sino porque tiene un valor intrínseco, y dicho reconocimiento implica cuido y respeto. Un edificio. Una calle. Una tienda. Una plaza.
Una ciudad así es como una persona que se enorgullece por las cosas que logró, sean cuales sean. Un edificio (ojo, no cualquiera) hermosamente diseñado y construido al estilo modernista de principios de siglo no es sólo eso, hay arte, esfuerzo y detalle detrás. En la estructura se hace evidente el disfrute y sí, por cursi que suene, el amor del arquitecto, del constructor, del albañil, al momento de crearlo. Una ciudad que valora, reconoce esto y lo preserva, hace todo en su poder para cuidarlo y mantenerlo durante años. Por lo tanto, así como las personas pueden ser íntegras, las ciudades también.
Cabrujas hablaba de Caracas como una ciudad en la que no pueden existir recuerdos, una ciudad que destruye en lugar de construir, y ayudándome un poco con este gran pensamiento, que ya ha ayudado a otros en muchísimas oportunidades, creo que he logrado entender porqué a veces maltripeamos tanto aquí.
Una ciudad que no preserva lo que alguna vez pudo haber sido universalmente hermoso o importante, es una ciudad que no valora, al menos en los términos en los que estamos acostumbrados a valorar. Es una ciudad con una gran incapacidad para abrazar sus logros. Una ciudad con personalidad, sin duda, pero sin autoestima. Y nada más desesperante que alguien que es bien depinga, pero que no sabe que lo es. Por eso la frustración y consecuentemente, la desidia. Le pedimos una y otra vez a Caracas que sea lo que "sabemos que puede ser" y no ocurre y entonces pasamos por la nostalgia constante: "El centro es brutal, pero está demasiado deteriorado".. "La plaza de los museos era demasiado fina cuando estaba pequeño..." "Yo iba a Sabana Grande en carnaval". Esta es una ciudad que no se está reconociendo, que de la basura ha creado más basura, y que se hace pipí en los edificios brutales de hace años. Y es obvio que el tono político actual ayuda muy poco.
Evidentemente, Caracas no es un sujeto que toma decisiones, es la gente, y no sólo la que la administra sino la que la vive, la que salpica con su forma de actuar a la ciudad. No es sólo el que convierte el Teresa Carreño en un centro de mítines, es el de la camioneta a todo volumen en El Hatillo. Y no es sólo una calle, un edificio, una plaza la que podemos añorar. Quizá también sea una institución, una política pública, una tradición... Un modo.
Como siempre cierro sin respuesta sino con interrogantes... En la medida en la que le decimos a este pana una y otra vez que puede ser increíble porque lo conocemos, porque sabemos de su potencial, porque LO HA HECHO ANTES, y éste no hace nada al respecto porque está sumido en una súper depresión o porque es así y ya, nos ladillamos y nos deprimimos nosotros. O sea... ¿será que tenemos que dejar de pedirle a Caracas que sea mejor y tenemos que dejarla que sea y ya? Pero... ¿No es desolador eso también?
Estar en un país que no es el propio y regresar tiene un efecto introspectivo bien bien loco, pero bien útil.
Salir del remolino del que nos quejamos absolutamente TODOS los días, de esa masa viscosa en la que creemos estar metidos que no tiene solución o sentido, pero que vemos como una especie de tío ladilla, que es nuestro tío al fin, y que lo queremos un pelín porque suele echarnos buenos cuentos, pero cuando se emborracha es insoportable... en fin, salir de ese remolino a otro suelo que ya no "nos pertenece", es (en lo personal) como subir a una montaña muy alta y desde arriba, observar. Observar como quién ve un hormiguero. Todas las hormigas pequeñitas cargan su comida, otras hacen caminitos, otras mentan madre en la cola, otras aparecen en la tele diciendo estupideces, etcétera, etcétera.
Y nosotros estamos arriba, con una brisa tranquila que nos despeja la mente, sin ninguna bandera, sin ningún juicio, tratando de comprender porqué "aquí sí y allá no" pero con perspectiva y sin pasiones locas y comunes. Con templanza, pues, a lo aristotélico.
En esa montaña me pregunté yo, qué es lo que valoro en una ciudad. Entre muchas cosas, una es la capacidad de algunas ciudades de auto-preservación. No tiene nada que ver con que sea Europa o un país desarrollado. Se trata de un reconocimiento por algo del pasado, no solo porque es del pasado, sino porque tiene un valor intrínseco, y dicho reconocimiento implica cuido y respeto. Un edificio. Una calle. Una tienda. Una plaza.
Una ciudad así es como una persona que se enorgullece por las cosas que logró, sean cuales sean. Un edificio (ojo, no cualquiera) hermosamente diseñado y construido al estilo modernista de principios de siglo no es sólo eso, hay arte, esfuerzo y detalle detrás. En la estructura se hace evidente el disfrute y sí, por cursi que suene, el amor del arquitecto, del constructor, del albañil, al momento de crearlo. Una ciudad que valora, reconoce esto y lo preserva, hace todo en su poder para cuidarlo y mantenerlo durante años. Por lo tanto, así como las personas pueden ser íntegras, las ciudades también.
Cabrujas hablaba de Caracas como una ciudad en la que no pueden existir recuerdos, una ciudad que destruye en lugar de construir, y ayudándome un poco con este gran pensamiento, que ya ha ayudado a otros en muchísimas oportunidades, creo que he logrado entender porqué a veces maltripeamos tanto aquí.
Una ciudad que no preserva lo que alguna vez pudo haber sido universalmente hermoso o importante, es una ciudad que no valora, al menos en los términos en los que estamos acostumbrados a valorar. Es una ciudad con una gran incapacidad para abrazar sus logros. Una ciudad con personalidad, sin duda, pero sin autoestima. Y nada más desesperante que alguien que es bien depinga, pero que no sabe que lo es. Por eso la frustración y consecuentemente, la desidia. Le pedimos una y otra vez a Caracas que sea lo que "sabemos que puede ser" y no ocurre y entonces pasamos por la nostalgia constante: "El centro es brutal, pero está demasiado deteriorado".. "La plaza de los museos era demasiado fina cuando estaba pequeño..." "Yo iba a Sabana Grande en carnaval". Esta es una ciudad que no se está reconociendo, que de la basura ha creado más basura, y que se hace pipí en los edificios brutales de hace años. Y es obvio que el tono político actual ayuda muy poco.
Evidentemente, Caracas no es un sujeto que toma decisiones, es la gente, y no sólo la que la administra sino la que la vive, la que salpica con su forma de actuar a la ciudad. No es sólo el que convierte el Teresa Carreño en un centro de mítines, es el de la camioneta a todo volumen en El Hatillo. Y no es sólo una calle, un edificio, una plaza la que podemos añorar. Quizá también sea una institución, una política pública, una tradición... Un modo.
Como siempre cierro sin respuesta sino con interrogantes... En la medida en la que le decimos a este pana una y otra vez que puede ser increíble porque lo conocemos, porque sabemos de su potencial, porque LO HA HECHO ANTES, y éste no hace nada al respecto porque está sumido en una súper depresión o porque es así y ya, nos ladillamos y nos deprimimos nosotros. O sea... ¿será que tenemos que dejar de pedirle a Caracas que sea mejor y tenemos que dejarla que sea y ya? Pero... ¿No es desolador eso también?
martes, 1 de septiembre de 2009
Is SO fair

La imagen de Chanel, desplanzando a la flacucha/ochentosa/reality babe Jerry Hall, es ahora la desvergonzada Lily Allen. A todos parece hacerle mucho ruido que Lagerfeld haya decidido que la imágen de una marca tan chic y elegante como Chanel, sea una chica que combinaba con converse y tul absolutamente todos sus looks, de aire inmaduro y adolescente y con un gran "fuck off" (de acento británico) prácticamente tatuado en la frente, claro... con una carita feliz al lado. Nada de Ashlee Simpson y Michelle Branch, that's bollocks! Lagerfeld con genialidad acogió bajo su ala a esta nena malcriada para demostrar que hay varias versiones del "chicness". O al menos eso creo yo.
Pues, funciona... y ¿por qué no? La moda necesita sacudirse y dejarse de mariqueras para acercarla un poco a tierra... Y ¿qué mejor forma de hacerlo que con una niña que le parece súper injusto que su chico sea malo en la cama?... Aunque ahora la vistan mejorcito.
Los dejo con esa notica.
martes, 11 de agosto de 2009
Kylie's creepy crisis de los 40.

Es probable que esto sea una cuestión muy personal... y es probable que no sea para tanto, pero la última campaña para la marca de accesorio Tous cuya imagen es Kylie Minogue me da miedo. El nombre de la campaña es algo así como Kylie's Private Pink Party, y en realidad está muy bien hecho, con una estética interesante, todo muy rosa.
El problema es que lo primero que a uno se le viene a la mente al leer "Kylie's private pink party" o lo que sea, y ver a la señora hablando con un oso y cantando con un control remoto, es que algo no está del todo bien en la cabecita de Kylie. He visto muchisimas campañas que juegan un poco con cosas parecidas, pero por alguna razón, esta en particular me da como cosa.
Me da cosa porque da la impresión de que la mujer se volvió completamente loca. Una mujer muy guapa, pero ya mayor, que tiene una fiesta privada con un oso de peluche y se cae a curda y come pastelitos y le cuenta al oso sus confidencias sobre cómo se ha mantenido tan bien con cuarenta y pico de años y está en pantaletas... no sé, no sé.
Vale destacar que hay un videíto promocional de la campaña en el que efectivamente hay más gente en esta fiesta loca, y el asunto como que se recompone. Igual. La veo por la calle y siento que la pobre ya no puede más y que está irreversiblemente quemada.
Bueno, ya. Eso es todo por hoy. Nada muy fuerte ni soso. Normal.
domingo, 26 de julio de 2009
sweet distraction
Hoy tengo miedo de encontrarme con la almohada. Siempre está callada y en lugar de mostrarme cosas como lo hace la televisión, que siempre habla y me enseña cómo están otros, ella sólo está ahí. La almohada está esperando a que mi cabeza caiga en ella para que en la comodidad de su cuerpo yo esté lo suficientemente tranquila como para dejar volar mi cabeza y llenarme de información sobre cualquier cosa que la tele y la computadora me hacen evadir. La almohada es implacable, sobre todo cuando nada más está pasando. La almohada a veces es como la ventana cuando nada pasa afuera, cuando nada distrae sino que solamente es.
Cuando todo está quieto... He estado teniendo miedo cuando todo está quieto.
Cuando todo está quieto... He estado teniendo miedo cuando todo está quieto.
lunes, 13 de julio de 2009
para hoy... y por què no?... para siempre
El mundo ha dejado de ser nuestro enemigo, pues hemos decidido ser su Amigo
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